sábado, 28 de septiembre de 2013

El que quería estudiar, lo que quería estudiar

Esta es una historia como muchas: un joven que demostraba su talento desde pequeño, en las reuniones familiares, en los eventos del colegio, en la calle con sus amigos. Todos lo conocían por ese talento. Pero a sus padres no les gustaba. Le compraban cosas para que se olvidara de ese talento innato, lo llenaban de regalos, incluso en fechas distintas a las tradicionales. Incluso, le daban regalos los martes, sin ninguna razón. Pero él no dejaba de practicar su don. Sus amigos disfrutaban también de su don, lo buscaban de todas partes, sólo para demostrar lo que sabía. ¿Dónde lo había aprendido? Nadie sabía. Pero era el mejor.

Como a sus padres no les gustaba lo que hacía, lo obligaron a estudiar otra cosa. Él lo hizo sin protestar, porque sabía que era lo que haría feliz a sus padres. Pero no era lo que quería hacer de su vida. Ya sabemos qué quería ser.

Fue el mejor de su universidad, graduándose con honores. No le faltaron las mejores propuestas de trabajo. Escogió la que pensó era la mejor. Siempre cultivó su talento secretamente, y lo perfeccionó en una forma nunca antes vista.

Trabajó en lo que estudió durante 14 años, tal vez muchos si no era lo que realmente lo hacía feliz. Hasta que un día, al levantarse, se dio cuenta de que debía cambiar. Que debía oír a su corazón y hacer lo que quería, lo que su alma le gritaba desde que nació.

Finalmente tomó la decisión, dejó su exitosa carrera de músico y entró a la universidad a hacer lo que siempre quiso en su vida; entró a estudiar Contaduría.

viernes, 26 de julio de 2013

Briznas de suelo en el cielo


A veces pienso que el cielo es el suelo y el suelo el cielo. Miro mi vida y la corta vida de la humanidad en este planeta y me pregunto si en verdad el cielo está allá arriba o somos nosotros los que abajo, como el piso, nos eternizamos pensando en el infinito, y creyendo falsamente que nuestra vida es eterna. Y depronto, sin avisar, en un suspiro, el cielo se nos viene encima y nos hace poner los pies en el verdadero suelo, y nos duele adentro, muy adentro, tan adentro que los quejidos ya ni se oyen; y los sueños, que un instante antes saltaban de alegría, en el siguiente segundo se esconden, hasta que entendemos que ese suelo del cielo ahora tiene más ilustres huéspedes, y por fin entendemos que nuestro suelo es sólo una brizna en el infinito universo, y nuestra vida es sólo una minúscula brizna en la historia de la humanidad...

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Cómo me lo había perdido?


¿Qué fuerza magnífica impide que te caigas? ¿Qué ángeles invisibles te transportan con tanta paciencia y tanta frialdad, que te hacen pelear con el viento y todas esas partículas y seres diminutos que habitan cada milímetro cúbico de esta pequeña canica azul suspendida en el tiempo y el espacio? ¿Cómo sólo dos rueditas te soportan y soportan a su vez una magnífica felicidad, una indescriptible sensación de libertad, una maravillosa experiencia entre velocidad, temor, ternura y un toque sutil de desesperación? ¿Cómo haces para que al levantar tus pies del suelo, que mantienen tu cordura y tu seguridad intactas, y lo cambias por un pavoroso sentimiento de angustia que se debilita con cada centímetro que recorres en el tiempo viejo de la eternidad pospuesta? Lo intento y lo intento, pero mi viejo cuerpo abatido se conduele de mi temor y clava con un puñal de temor mis plantas de mis pies sudorosos sobre el frío pavimento que presiento será mi próxima estación. Pero, qué siento, siento un arrojo de hidalguía y gallardía que nunca en mi existencia había sentido; siento un impulso irrefrenable de moverme sin importar nada, ni aquel extraño con vestido negro que se aproxima y sin predecir su destino casi ni advierte que estoy ahí en esta bestia metálica. Podría hacerle daño. Podría hacerme daño. Pero este sentimiento que aborda cada poro de mi cuerpo me exige que lo haga, me obliga a vencer esos miedos y adentrarme en los oscuros vericuetos que nunca he conocido, aquellos de esa alegría momentánea que he visto en otros, pero han sido tan esquivos para mí toda la vida, que ya los creía muertos. Un pie, un impulso, otro pie, y sálvese quien se me atraviese, porque aquí voy, en mi primera lección de bicicleta…

Foto por Camila Arango Villegas


Saludos,

Vlogordo

miércoles, 25 de abril de 2012

El intransferible


Es una operación complicada, silenciosa, salvajemente satisfactoria. Puedo pensar en tantas cosas que he pospuesto, pensar en cómo pensar, pensar y pensar, nada de escribir, tal vez, leer y pensar. ¿Esfuerzo? Alguno, afortunadamente, pero un esfuerzo gratificante, un esfuerzo casi liberador. Esta indeleble soledad que se manifiesta en pequeñas expresiones de júbilo en mi estómago pletórico, es una cita, diaria por demás, infaltable e intransferible, es la más democrática de nuestras acciones y por qué no, la más comunista de nuestras expresiones. Pasa el tiempo, y sigo pensando, leyendo y no escribiendo. Este altar no puede ser profanado con mundanos despistadores del tiempo, no puede contaminarse con distractores más allá de pequeñas lecturas superficiales, cándidas en el decir de algunos, que nos permita concentrarnos en la sublime acción que nos ocupa, que no exige, que nos obliga, que nos insiste desde lo profundo de nuestro ser y comanda tenazmente nuestros sentidos y cada músculo de nuestro cuerpo para lograr su mundano y fugaz cometido. En unos minutos, algunas veces más de los que quisiéramos, dejamos el llamado por muchos como “El Trono”; yo prefiero llamarlo, mi centro privado de pensamiento.

Saludos,

Vlogordo

viernes, 20 de abril de 2012

Un tibio almuerzo


Un tibio almuerzo encima de una fría mesa de restaurante. Es tibio porque no requiere ni un grado adicional al que el ambiente le imprime en esta fría tarde bogotana. Chocolate, bocadillo, dulces, una magnificación del azúcar en cada minuto me ha llevado a este horrible estado, un estado en el que lucho diariamente hasta por inclinarme y atar los cordones de mi zapato en la mañana. Ni grito como loco al cielo implorando una respuesta la consabida y casi trillada frase ¡¿pero qué hice para merecer esto?!. Claro que lo sé: comí, y después volví a comer, y aunque estaba lleno y dejé inconsciente a por lo menos dos personas por el atentado involuntario por utilizar una camisa ceñida sin querer al cuerpo, por ese elemento pequeño que impide mostrar las vergüenzas que he alcanzado por años de desidia, de pereza y de rumiar sin cesar y sin sentido tantas delicias culinarias al frente del televisor. Ahora me enfrento a este tibio almuerzo. Baja la temperatura, y me enfrentaré a un frío almuerzo. No tiene remedio. Tengo que aceptar mi triste destino, que bien merecido lo tengo. Una lechuga, un tomate, unas bolitas que parecen ser alverjas. Si por lo menos pusieran un poco de sabor a esta máxima expresión de la madre tierra, encarnada en tres de sus más aventajados hijos. Sí, lo sé, es sano; pero qué feliz era cuando andaba por la calle como un gordito simpaticón. Sí, es sano; pero he perdido la lozanía de mi barriga, que ahora entiendo era falsa (la lozanía), sólo era la misma de siempre con estos treinta y tantos años siempre por delante de mí. Pero un momento, ¡tengo una salida! ¡Siempre existe una salida! Cambio lo insípido de mi ahora frío almuerzo, por el candor de un pedazo de torta de chocolate de postre. El que peca y reza, empata. ¡Qué vivan las falsas excusas!

Saludos,

Vlogordo

jueves, 19 de abril de 2012

Pasión extrema

El estadio está lleno. Siempre busqué en mi vida una oportunidad igual. Pueden reclamar, pueden maldecir, pueden implorar el perdón absoluto, pero fue clara la falta. ¿Cuántos cuadros negros tiene el balón? ¿Quién lo fabricó? Lo felicitaré, le agradeceré por permitirme esta oportunidad única, esta felicidad que puedo darle a toda esta gente que llenó este magnífico escenario, para quienes apoyaron mi carrera cuando apenas golpeaba con esfuerzo una pequeña pelota de trapo. Parece que están resignados. Algunos pasan a mi lado y no oigo lo que dicen, o no quiero oír. Todo se silencia, todo se tranquiliza, menos mi corazón que late tan fuerte que podría no oír el silbato del árbitro. Me tranquilizo; no es la primera vez que lo hago. Concentrado. Oigo el silbato, miro al frente, miro el balón, salgo corriendo, le imprimo toda mi fuerza y precisión a esa esfera mágica y...

Saludos,

Vlogordo

La hoja de papel


Tengo enfrente una hoja de papel, una lánguida hoja de papel blanca que me mira silenciosamente, burlándose mentalmente de mi mirada, tratando predecir mi próximo movimiento. Y yo allí, mirándola fijamente, a veces con los ojos perdidos en su blancura diáfana, consciente de cada músculo, de cada respiración, esperando que llegue aquella brizna de inspiración que me permita burlarme en la cara de esta blanca hoja de papel. Un segundo pasa y podría describir claramente todo lo que ha pasado a mi alrededor ese segundo: un mosco, o tal vez mosca, no tengo tanto oído, ha descrito una perfecta circunferencia alrededor de mi botella casi vacía de té dietético; la gotera del baño que he pospuesto arreglar me grita y cae en el recipiente que ingeniosamente dispuse para recoger el agua para lavar mis dientes cafecinos por el té; el silencio de la calle de madrugada acompaña al frío que recorre mis huesos instalándose celosamente en las puntas de los dedos, como encontrando el mejor sitio para incomodar mi entera existencia; la nevera comienza otra vez su ciclo de concierto de cinco minutos, con su famosa canción de una sola nota; el piso de mi cuarto cruje como exigiéndome que lo use una vez más, es que él no entiende que los humanos llegamos a una edad en la que no podemos estar todo el tiempo deambulando ociosamente por todo el lugar, tal vez porque entendemos que sólo existe una salida y una entrada. Todo en un solo segundo, y la inquisidora hoja blanca me sigue mirando, riéndose de mis pensamientos, porque estoy seguro de que los oye de la misma forma como un concierto de una sinfónica retumba por todo el teatro. La hoja siempre gana: se burla de lo que escribo y de lo que no escribo, de mis errores ortográficos y de mis titubeos en las palabras difíciles. Pero hoy no me dejo. Voy a empezar a escribir… Tengo en frente una hoja de papel…

Saludos,

Vlogordo