Esta es una historia como muchas: un joven que demostraba su talento desde pequeño, en las reuniones familiares, en los eventos del colegio, en la calle con sus amigos. Todos lo conocían por ese talento. Pero a sus padres no les gustaba. Le compraban cosas para que se olvidara de ese talento innato, lo llenaban de regalos, incluso en fechas distintas a las tradicionales. Incluso, le daban regalos los martes, sin ninguna razón. Pero él no dejaba de practicar su don. Sus amigos disfrutaban también de su don, lo buscaban de todas partes, sólo para demostrar lo que sabía. ¿Dónde lo había aprendido? Nadie sabía. Pero era el mejor.
Como a sus padres no les gustaba lo que hacía, lo obligaron a estudiar otra cosa. Él lo hizo sin protestar, porque sabía que era lo que haría feliz a sus padres. Pero no era lo que quería hacer de su vida. Ya sabemos qué quería ser.
Fue el mejor de su universidad, graduándose con honores. No le faltaron las mejores propuestas de trabajo. Escogió la que pensó era la mejor. Siempre cultivó su talento secretamente, y lo perfeccionó en una forma nunca antes vista.
Trabajó en lo que estudió durante 14 años, tal vez muchos si no era lo que realmente lo hacía feliz. Hasta que un día, al levantarse, se dio cuenta de que debía cambiar. Que debía oír a su corazón y hacer lo que quería, lo que su alma le gritaba desde que nació.
Finalmente tomó la decisión, dejó su exitosa carrera de músico y entró a la universidad a hacer lo que siempre quiso en su vida; entró a estudiar Contaduría.
sábado, 28 de septiembre de 2013
El que quería estudiar, lo que quería estudiar
viernes, 26 de julio de 2013
Briznas de suelo en el cielo
jueves, 3 de mayo de 2012
¿Cómo me lo había perdido?
¿Qué fuerza
magnífica impide que te caigas? ¿Qué ángeles invisibles te transportan con
tanta paciencia y tanta frialdad, que te hacen pelear con el viento y todas
esas partículas y seres diminutos que habitan cada milímetro cúbico de esta
pequeña canica azul suspendida en el tiempo y el espacio? ¿Cómo sólo dos
rueditas te soportan y soportan a su vez una magnífica felicidad, una
indescriptible sensación de libertad, una maravillosa experiencia entre
velocidad, temor, ternura y un toque sutil de desesperación? ¿Cómo haces para
que al levantar tus pies del suelo, que mantienen tu cordura y tu seguridad
intactas, y lo cambias por un pavoroso sentimiento de angustia que se debilita
con cada centímetro que recorres en el tiempo viejo de la eternidad pospuesta?
Lo intento y lo intento, pero mi viejo cuerpo abatido se conduele de mi temor y
clava con un puñal de temor mis plantas de mis pies sudorosos sobre el frío
pavimento que presiento será mi próxima estación. Pero, qué siento, siento un
arrojo de hidalguía y gallardía que nunca en mi existencia había sentido;
siento un impulso irrefrenable de moverme sin importar nada, ni aquel extraño
con vestido negro que se aproxima y sin predecir su destino casi ni advierte
que estoy ahí en esta bestia metálica. Podría hacerle daño. Podría hacerme
daño. Pero este sentimiento que aborda cada poro de mi cuerpo me exige que lo
haga, me obliga a vencer esos miedos y adentrarme en los oscuros vericuetos que
nunca he conocido, aquellos de esa alegría momentánea que he visto en otros,
pero han sido tan esquivos para mí toda la vida, que ya los creía muertos. Un
pie, un impulso, otro pie, y sálvese quien se me atraviese, porque aquí voy, en
mi primera lección de bicicleta…
Foto por Camila Arango Villegas
Saludos,
Vlogordo
miércoles, 25 de abril de 2012
El intransferible
Es una
operación complicada, silenciosa, salvajemente satisfactoria. Puedo pensar en
tantas cosas que he pospuesto, pensar en cómo pensar, pensar y pensar, nada de
escribir, tal vez, leer y pensar. ¿Esfuerzo? Alguno, afortunadamente, pero un
esfuerzo gratificante, un esfuerzo casi liberador. Esta indeleble soledad que
se manifiesta en pequeñas expresiones de júbilo en mi estómago pletórico, es
una cita, diaria por demás, infaltable e intransferible, es la más democrática
de nuestras acciones y por qué no, la más comunista de nuestras expresiones.
Pasa el tiempo, y sigo pensando, leyendo y no escribiendo. Este altar no puede
ser profanado con mundanos despistadores del tiempo, no puede contaminarse con distractores
más allá de pequeñas lecturas superficiales, cándidas en el decir de algunos,
que nos permita concentrarnos en la sublime acción que nos ocupa, que no exige,
que nos obliga, que nos insiste desde lo profundo de nuestro ser y comanda
tenazmente nuestros sentidos y cada músculo de nuestro cuerpo para lograr su
mundano y fugaz cometido. En unos minutos, algunas veces más de los que
quisiéramos, dejamos el llamado por muchos como “El Trono”; yo prefiero
llamarlo, mi centro privado de pensamiento.
Saludos,
Vlogordo
viernes, 20 de abril de 2012
Un tibio almuerzo
Un tibio
almuerzo encima de una fría mesa de restaurante. Es tibio porque no requiere ni
un grado adicional al que el ambiente le imprime en esta fría tarde bogotana. Chocolate,
bocadillo, dulces, una magnificación del azúcar en cada minuto me ha llevado a
este horrible estado, un estado en el que lucho diariamente hasta por
inclinarme y atar los cordones de mi zapato en la mañana. Ni grito como loco al
cielo implorando una respuesta la consabida y casi trillada frase ¡¿pero qué
hice para merecer esto?!. Claro que lo sé: comí, y después volví a comer, y
aunque estaba lleno y dejé inconsciente a por lo menos dos personas por el
atentado involuntario por utilizar una camisa ceñida sin querer al cuerpo, por
ese elemento pequeño que impide mostrar las vergüenzas que he alcanzado por
años de desidia, de pereza y de rumiar sin cesar y sin sentido tantas delicias
culinarias al frente del televisor. Ahora me enfrento a este tibio almuerzo.
Baja la temperatura, y me enfrentaré a un frío almuerzo. No tiene remedio.
Tengo que aceptar mi triste destino, que bien merecido lo tengo. Una lechuga,
un tomate, unas bolitas que parecen ser alverjas. Si por lo menos pusieran un
poco de sabor a esta máxima expresión de la madre tierra, encarnada en tres de
sus más aventajados hijos. Sí, lo sé, es sano; pero qué feliz era cuando andaba
por la calle como un gordito simpaticón. Sí, es sano; pero he perdido la
lozanía de mi barriga, que ahora entiendo era falsa (la lozanía), sólo era la
misma de siempre con estos treinta y tantos años siempre por delante de mí.
Pero un momento, ¡tengo una salida! ¡Siempre existe una salida! Cambio lo
insípido de mi ahora frío almuerzo, por el candor de un pedazo de torta de
chocolate de postre. El que peca y reza, empata. ¡Qué vivan las falsas excusas!
Saludos,
Vlogordo
jueves, 19 de abril de 2012
Pasión extrema
El estadio está lleno. Siempre busqué en mi vida una oportunidad igual. Pueden reclamar, pueden maldecir, pueden implorar el perdón absoluto, pero fue clara la falta. ¿Cuántos cuadros negros tiene el balón? ¿Quién lo fabricó? Lo felicitaré, le agradeceré por permitirme esta oportunidad única, esta felicidad que puedo darle a toda esta gente que llenó este magnífico escenario, para quienes apoyaron mi carrera cuando apenas golpeaba con esfuerzo una pequeña pelota de trapo. Parece que están resignados. Algunos pasan a mi lado y no oigo lo que dicen, o no quiero oír. Todo se silencia, todo se tranquiliza, menos mi corazón que late tan fuerte que podría no oír el silbato del árbitro. Me tranquilizo; no es la primera vez que lo hago. Concentrado. Oigo el silbato, miro al frente, miro el balón, salgo corriendo, le imprimo toda mi fuerza y precisión a esa esfera mágica y...
Saludos,
Vlogordo
Saludos,
Vlogordo
La hoja de papel
Tengo
enfrente una hoja de papel, una lánguida hoja de papel blanca que me mira
silenciosamente, burlándose mentalmente de mi mirada, tratando predecir mi
próximo movimiento. Y yo allí, mirándola fijamente, a veces con los ojos
perdidos en su blancura diáfana, consciente de cada músculo, de cada
respiración, esperando que llegue aquella brizna de inspiración que me permita
burlarme en la cara de esta blanca hoja de papel. Un segundo pasa y podría
describir claramente todo lo que ha pasado a mi alrededor ese segundo: un
mosco, o tal vez mosca, no tengo tanto oído, ha descrito una perfecta
circunferencia alrededor de mi botella casi vacía de té dietético; la gotera
del baño que he pospuesto arreglar me grita y cae en el recipiente que
ingeniosamente dispuse para recoger el agua para lavar mis dientes cafecinos
por el té; el silencio de la calle de madrugada acompaña al frío que recorre
mis huesos instalándose celosamente en las puntas de los dedos, como
encontrando el mejor sitio para incomodar mi entera existencia; la nevera
comienza otra vez su ciclo de concierto de cinco minutos, con su famosa canción
de una sola nota; el piso de mi cuarto cruje como exigiéndome que lo use una
vez más, es que él no entiende que los humanos llegamos a una edad en la que no
podemos estar todo el tiempo deambulando ociosamente por todo el lugar, tal vez
porque entendemos que sólo existe una salida y una entrada. Todo en un solo
segundo, y la inquisidora hoja blanca me sigue mirando, riéndose de mis
pensamientos, porque estoy seguro de que los oye de la misma forma como un
concierto de una sinfónica retumba por todo el teatro. La hoja siempre gana: se
burla de lo que escribo y de lo que no escribo, de mis errores ortográficos y
de mis titubeos en las palabras difíciles. Pero hoy no me dejo. Voy a empezar a
escribir… Tengo en frente una hoja de
papel…
Saludos,
Vlogordo
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